1 de Enero de 2017

#3Lideresas3Entrevistas

Las mujeres y los procesos de paz en Colombia

1. “Para que el enfoque sea transversal, es necesario unir nuestras voces”

Entrevista a Aminta Pelaez Guariyu. Mujer wayúu integrante del colectivo de comunicaciones Wainpirai del Resguardo Indígena Wayúu de Zahíno, municipio de Barrancas, La Guajira. 

Corporación Ensayos: ¿Cuál es el proceso que han venido haciendo ustedes como colectivo de comunicación en la comunidad de cara al proceso de paz?

 

Aminta Pelaez: Se trata de un ejercicio de paz desde los territorios, eso es lo que estamos iniciando con este grupo de mujeres porque es precisamente este enfoque transversal, diferencial desde los sectores, desde como nosotras percibimos la Paz. Los ejercicios que hemos hecho están enfocados con el territorio desde la importancia que tiene para nosotros los recursos naturales para sobrevivir como Pueblo y es precisamente el ejercicio que hemos estado haciendo pero sin desligarnos del contexto nacional. También hemos hecho unos ejercicios de estudiar los acuerdos tanto el anterior como este último, aunque no lo hemos revisado a fondo hemos rescatado como puntos importantes los que están relacionados con los pueblos indígenas y con otros grupos étnicamente diferenciados y sobre todo con las mujeres.

 

CE: Con la última aprobación de los acuerdos de la Habana ¿cómo quedaron las mujeres de cara a sus apuestas? ¿Cómo ven ustedes que quedaron las apuestas de las mujeres en relación a lo que estábamos pretendiendo y sobre todo ustedes en el proceso que vienen haciendo con las mujeres jóvenes?

 

AP: En el marco de los acuerdos pensamos que la participación de todas las organizaciones de mujeres y de otros sectores sociales fue muy importante y fue la base para que se lograran estos acuerdos, para que finalmente pudiéramos lograr una paz duradera con justicia social desde los territorios y para los territorios, viéndolo dentro de nuestro punto de vista como mujeres Wayuu.

CE: El acuerdo contempla un capitulo étnico, donde se menciona de manera textual lo siguiente “Se incorpora un enfoque trasversal étnico de género, mujer, familia y generación” entonces ¿cuáles serían las recomendaciones para que este enfoque logre ser realmente transversal y ¿cómo reciben las mujeres de grupos étnicos este capítulo?

 

A: Me parece muy bien,  creo que este capítulo hasta el momento lo concebimos un poco confuso porque hablar de transversalidad o de integralidad en un ambiente donde hemos estado muy separado porque tampoco vamos a negar de  que como organizaciones hemos estado entendiéndonos por separado ósea las mujeres por un lado los indígenas por otro o la población LGTBI por otro entonces para lograr que transversal tocaríamos que unir nuestras voces en una sola voz yo percibo así la transversalidad no sé si estaré errada este sería un ejercicio como que muy largo y tedioso que bueno también se convierte en un desafío y un reto para las organizaciones.

 

CE: Tu como mujer wayúu, ¿Qué recomendación harías para que este enfoque realmente lograra ser transversal como se ha propuesto en el capítulo étnico?

 

AP: Bueno la recomendación seria que nos garanticen esa participación para poder formular nuestras propuestas sobre cómo queremos nosotros que sea esa transversalidad.

 

CE: A partir de los debates surgidos con el resultado del plebiscito del 2 de octubre y las discusiones sobre la “ideología de género” ¿Cómo percibiste que se dio este debate en la opinión pública? 

 

AP: Creo que anterior al plebiscito se generó un ambiente de confusión a nivel general que incluso llegó a nuestras comunidades porque a veces los medios de comunicación lo que hacen es desinformar. Esto lo percibimos en la comunidad cuando algunos jóvenes o miembros de la comunidad nos comentaban que ellos estaban de acuerdo con la paz pero no están de acuerdo, bueno, conociendo muy bien como es nuestra sociedad Guajira y sobre todo Wayuu relacionado con la población LGTBI y el machismo y todo esta discriminación hacia la población diversa, entonces, esa confusión se prestó pero en ningún momento para nosotros en nuestro territorio fue un motivo para que haya ganado el “No”. Porque la voluntad fue la misma a nivel nacional creo que la voluntad del pueblo era la paz era de que ganara el “Sí” con unos peros, pero no consideramos tampoco que los del No hallan ganado y nunca lo ganaron en realidad porque aquí, se sabe que fue un triunfo del abstencionismo y creo que entorno a esos acuerdos hay una reafirmación de esos anteriores.

 

CE: ¿Tú crees que todo lo que se logró con toda esa campaña mediática que se utilizó a nivel nacional en relación a la “ideología de género” hoy se ve como una ganancia o sea ganaron los que estaban con este discurso de la ideología de género?

 

AP: Lo que pasa es que en los acuerdos suelen haber muchas cosas pero no podemos decir quién ganó o quien perdió porque ese es justamente el desafío que tenemos de ahora en adelante, lo que está en los acuerdos es muy importante porque no podemos decir que nos ganamos algo cuando no lo ejecutamos o lo implementamos desde la organizaciones.

 

CE: Me gustaría que habláramos sobre el proceso de implementación en los nuevos acuerdos. Frente al tema de género aparece que se va a crear una nueva instancia especial que va a estar conformada por seis representantes de organizaciones de mujeres para interlocutor con la Comisión de Seguimiento, Impulso, Verificación e Implementación del Acuerdo Final, entonces, ¿qué podemos esperar las mujeres de esta instancia? ¿Cuáles serían tus recomendaciones?

AP: Pienso que sobre esas representantes recae una responsabilidad muy grande que es la de llevar las voces, las propuestas y todo lo que hay que afirmar de los acuerdos pero también esta como nuestra esperanza en ellas y todos los desafíos que se nos presentan entonces, es clave que logren concretar cosas a favor de las organizaciones juveniles o de mujeres o de otros grupos.

 

CE: ¿Qué desafíos tenemos las mujeres y organizaciones de mujeres para la implementación de los acuerdos?

 

AP: Pienso que las propuestas que surgieron con las diferentes organizaciones en la subcomisión de género en los diálogos fue un logro muy importante, pero el verdadero desafío y la oportunidad está en la implementación. Ahora se nos viene lo grande porque si no estamos bien fortalecidos como organizaciones entonces tampoco podremos adelantar proyectos y hacer posible que sea real lo que está acordado. Pienso que nosotros que estamos en proceso de fortalecimiento tenemos que fortalecernos mucho más en todos los ámbitos organizacional, social pero también económico abrirnos cada vez más espacio. Es un desafío de todos para poder lograr que se implementen estos acuerdos y que de las políticas nacionales políticas o locales veamos participación de las mujeres. Si hablo desde el colectivo de jóvenes, sería un motivo de preocupación porque para entendernos debemos tener conocimiento, pero no solo el conocimiento también las herramientas para comprender, eso es lo que podría llamar una formación política. Tenemos que seguirnos formando y también tomarlo como más propio como más a pecho para tener y exigir esa implementación y para poder defenderla con toda la seguridad del caso.

 

2. “El patriarcado siente que nos ganó el plebiscito y la renegociación”

Entrevista con Adriana Benjumea, directora de la Corporación Humanas, que es parte de la plataforma “Las cinco claves” que trabajó de cara a los acuerdos de paz en La Habana por la inclusión de un tratamiento diferenciado de la violencia sexual y por la implementación diferencial del acuerdo sobre las víctimas para garantizar los derechos de las mujeres y las niñas.

Corporación Ensayos: ¿Cómo quedaron las mujeres de cara a sus apuestas y especialmente, los derechos de las mujeres víctimas? Y a partir de los debates surgidos con el resultado de plebiscito del pasado 2 de octubre y las discusiones sobre el enfoque de género y la “ideología de género” ¿Cómo percibió usted que se dio este debate en la opinión pública? ¿Ganaron los del NO en la versión final de los acuerdos o se pudo resolver el debate?

 

Adriana Benjumea: Es un tema muy difícil porque no sabría, no sé quién sabe, en manos de qué acuerdo estamos. Hay un acuerdo que ha pasado el fast track y es sobre el cual empieza todo el tema legislativo, por ejemplo, ya se radicó la ley de amnistía, eso ya va caminando. Pero frente a la decisión de la semana pasada del Consejo de Estado de tumbar el plebiscito por engaño al elector, la pregunta sería: ¿qué pasa con ese otro acuerdo? ¿Cuál acuerdo es el que vale? Tenemos un primer acuerdo firmado que está vivo, que el Consejo de Estado dice que no vale el plebiscito y tenemos un segundo acuerdo refrendado que es por el que estamos trabajando. En mi opinión jurídica, no sé cuál es el estado en el que estamos. Es un tema muy interesante de discutir, hoy el país está trabajando con el segundo acuerdo, personalmente, profesionalmente me gustaba más el acuerdo anterior, yo creo que hoy el gobierno nacional, a pesar que está trabajando sobre el segundo acuerdo, no está tan claro cuál acuerdo está vivo. Eso es lo primero que quiero plantear.

 

Participé de un grupo que se conformó después de que se perdió el plebiscito que estuvo conformado por académicas, defensoras de DDHH y feministas. Hicimos análisis de todo el acuerdo y enviamos unas recomendaciones de trabajo sobre este a La Habana. Sobre ese estudio que hicimos en ese momento, te podría decir tres cosas fundamentales. Primera, en términos concretos digamos que no perdimos tanto las mujeres en general en el acuerdo y, en particular, las mujeres víctimas. O sea que las pérdidas de medidas específicas no son tan altas o tan fuertes. Pero simbólicamente creo que hay una pérdida muy fuerte y lo conecto con la segunda parte de la pregunta y es que el tema de la “ideología de género” fue un tema orquestado antes del plebiscito y fue aprovechado en el marco del mismo pero además llegó para quedarse. Toda la homofobia y misoginia que fue preparatoria al “No” que se instaló para que perdiéramos, hoy, es el riego más alto que estamos viviendo frente a la violencia contra las mujeres y la población LGTBI.

 

Creo que hay unos ánimos exacerbados, que el patriarcado siente que ganó. El gobierno nacional sistematizó más o menos más de 400 propuestas que los líderes del No presentaron en el tema de género, en todos los temas. Solamente 38 de esas propuestas eran en el tema de género, eso corresponde como al 10%. De esas había como 7 que eran para alimentar el tema de enfoque de género, una tenía que ver con el tema de aborto, otra con el tema de diversidad sexual, otra proponía quitar el enfoque de género por el tema de discriminaciones diversas. Pero eran solamente el 10% y eso realmente era lo que proyectaron los grupos cristianos y el procurador. Pero a pesar que era solo el 10% de las propuestas, yo sí creo que fue el caballito de batalla sobre el que se libró en gran parte el “No”.

A la gente no se le dijo que lo de tierras se estaba pensando tumbar. Realmente se presentaron como 5 propuestas en el tema de mujeres víctimas y las otras 20 páginas eran sobre el tema de tierras, de paramilitarismo, militares, etc. 

 

En medidas específicas no perdimos pero simbólicamente creo que hay una pérdida muy grande y sueno radical pero el patriarcado siente que nos ganó. Siente que haber incluido a la familia, haber cambiado el tema de género, pues, es un triunfo. Me queda un sinsabor porque lo que hacen es una transformación, una negociación que en todo caso siempre se va a hacer sobre las mujeres.

 

Por ejemplo, hubo medidas que hablaban en el tema de justicia de la conformación con equidad de género de las instituciones para la justicia. Nosotras habíamos pedido la participación paritaria, lo paritario no lo logramos pero que se hablara de una “conformación con equidad de género”, era ya nuestro premio, no estaba tan mal. Hoy cambian dos cosas que es lo que me molesta personalmente, una es que ya no se habla de participación paritaria sino que se buscará la participación equilibrada de hombres y mujeres. No es que se garantiza la conformación de las instituciones sino que se garantiza la participación ¿Eso qué es? Es decir, tú ya en una terna postular con equidad aunque no quede conformada del mismo modo. El haberla postulado significa que ya se está cumpliendo.

 

Para hablar de los temas de las mujeres para que no les hicieran tanta roncha, queda participación de hombres y mujeres, es decir, el equilibrio de género lo cambiaron por hombres y mujeres y hay una cosa más cuando ya uno hace una lectura más juiciosa, fundamentalmente en el acuerdo de justicia, no exactamente en estas palabras, pero queda una especie de enfoque de mucha vulnerabilidad y no tanto de actoras políticas independiente de que seamos víctimas o no.

 

CE: ¿Qué desafíos tenemos las mujeres y organizaciones de mujeres para el proceso de implementación de los acuerdos en lo territorial?

 

AB: El tema de los acuerdos en el nivel territorial tiene un problema porque toda la implementación se está decidiendo en lógica legislativa en el Congreso de la República, o sea la incidencia que hagan las organizaciones en lo nacional es lo que va a llegar a las regiones. La implementación es por vía legislativa, es decir, en el Congreso, no van a haber audiencias territoriales para decidirlo. Es un poco tramposo que se diga que es a nivel territorial cuando todo va por vía de Congreso o sea a nivel nacional. Los retos que tenemos tienen que ver con que a nivel de recursos, de alianzas, etc., las cosas sí lleguen a los territorios.

 

CE: Para el proceso de implementación, el acuerdo prevé la creación de una Instancia Especial conformada por 6 representantes de organizaciones de mujeres nacionales y territoriales para interlocutar con la Comisión de Seguimiento, Impulso y Verificación a la Implementación del Acuerdo Final (CSIVI) ¿Qué podemos esperar las mujeres de esta instancia? ¿Cuáles serían sus recomendaciones para la misma?

 

AB: No sé quién más propuso un mecanismo de interlocución entre la sociedad civil de mujeres y los mecanismos de seguimiento al proceso. Lo que te puedo decir es que la plataforma de las Cinco Claves propuso también ese mecanismo. Hay dos cosas que nosotras propusimos que no estaban en el acuerdo anterior y que quedaron en el nuevo acuerdo. Una es que se planteara un lazo de comunicación entre la sociedad civil mujeres y el mecanismo de verificación y dos, que se generara un lazo con las agencias de Naciones Unidas, nosotras propusimos UNICEF y ONU Mujeres y las otras según el caso. Las cinco claves hicimos ese planteamiento en febrero de este año, en un documento público en el tema de verificación (punto N°10). Victoria Sandino ha planteado que le interesa que haya organizaciones regionales, que no todas sean de Bogotá, que sean organizaciones de distintos sectores, de base, de los territorios, que haya alguna organización de población LGTBI, alguna académica. La recomendación sería en clave metodológica, es decir, que esta comisión sea representativa, un poco en la línea que plantea Victoria Sandino, que tenga una dinámica de encuentro que le permita realmente asesorar, si es un mecanismo de representación del movimiento de mujeres nacional y territorial que haya espacio para que devuelvan a los territorios y a nivel nacional las discusiones y aportes. Que sea vinculante o no, eso ya me parece muy difícil plantearlo porque es algo más consultivo.

 

CE: Teniendo en cuenta la agenda pactada entre el gobierno y el ELN ¿Cómo podríamos incidir las mujeres para que el componente de participación garantice nuestros derechos? ¿Cómo se imagina usted ese proceso de participación?

 

AB: El mecanismo de participación tendría que garantizar la presencia de las mujeres.  El proceso con las FARC y el gobierno nacional, de alguna manera, inicialmente, fue un poco mezquino con las mujeres. Solo tres años después las mujeres empezamos a tener un lugar ahí, no gracias al patriarcado y a los varones sino por toda la presión y bulla que se hizo. Con el ELN me parece que este mecanismo de participación es una ganancia ya y por lo menos es clave que ahí se garantice la participación de las mujeres, por supuesto yo hablo de participación paritaria.

 

Es lo que siempre pedimos con el proceso de las FARC, eso nunca se logró, ni se ganó, ni siquiera en el Acuerdo final, mientras habían garantizados los mecanismos con equidad de género, pues ya no se garantiza la conformación equitativa sino la participación igualitaria entre hombres y mujeres que no es igual a la conformación. Creo que el ELN puede tener una opinión favorable para que pueda pensar en la construcción de un país con las mujeres, eso me parece importante. Los temas de agenda y de interés del ELN son temas en los que las mujeres hemos tenido en la historia del feminismo lugar.

 

Desafortunadamente, en la agenda de las FARC y el gobierno, en varios momentos era como si nunca se vieran mujeres expertas, es decir, como si para los temas de justicia, drogas, tierras, víctimas, encontraran solamente a los hombres. Lo primero que tendría que garantizar el ELN que plantea un mundo equitativo, sostenible ambientalmente, que no está por los megaproyectos, es la participación de las mujeres porque son temas en que las mujeres y el feminismo han estado presentes.

 

Hay una cita de Silvia Federici que se refiere a eso justamente. A cuidar el agua, una agricultura destinada a la protección, una cosa más respetuosa con la naturaleza, pensar menos en su comercialización y más en los bienes comunes que deben permanecer con la humanidad. Yo creo que el ELN debe pensar en las mujeres en el mecanismo de participación aprender del proceso anterior. Pensar que su agenda tiene que ver con las luchas feministas podría ser un buen camino o un camino interesante. La intelectualidad del ELN es suficiente como para pensar en los derechos de todos los seres humanos sin discriminación, creo que no la tienen fácil por el tema de como la “ideología de género” ganó espacio en esto, pero sería importante plantear de entrada la participación de las mujeres.

3. “Las mujeres tenemos el desafío de desmilitarizar la vida”

Entrevista con Marcela Amador, investigadora en temas de violencias contra las mujeres indígenas con Maestría en antropología social de la Universidad Nacional San Martín de Buenos Aires, Argentina.

Corporación Ensayos: Con la última aprobación de los acuerdos de La Habana ¿Cómo quedaron las mujeres de cara a sus apuestas y especialmente los procesos y organizaciones de los cuales usted representa?

 

Marcela Amador: Quedaron, que es importante, pero la valoración sobre el cómo quedaron sí tiene otros matices si analizamos comparativamente el acuerdo final que se firmó el 26 de septiembre y el que se firmó después de que ganara el No en el plebiscito por la paz, que todavía lo cargo con vergüenza y frustración. El papel que han jugado las mujeres y la población LGBTI ha sido fundamental en el proceso de negociación. Y eso que no estuvieron desde el inicio de la negociación por la manera como las FARC y el gobierno pautaron que sería la participación del movimiento social y popular, así como del resto de la sociedad colombiana. Y esa decisión pudo habernos gustado o no en su momento. Creo que fue una mala decisión, por eso tal vez la dificultad para cerrar de manera más adecuada el pacto con la sociedad colombiana. Pero a lo que me refiero es que a pesar de eso, las mujeres no se quedaron esperando a que llegara la voluntad política de las partes, no se hicieron las de la vista gorda como si eso no tuviera nada que ver con ellas o como si por el hecho de no estar ahí sentadas las decisiones que se iban a tomar en La Habana no fueran a afectarlas. Por eso creo que lo que ocurrió ahí no tiene precedentes en el país, porque ha sido una muestra de la capacidad política de las mujeres para construirse como sujetos políticos en una coyuntura tan importante. Su presencia e incidencia en la mesa de negociación fue el resultado de una fuerte presión que hicieron para posicionar sus apuestas políticas, fue el resultado de una larga historia de luchas. No es cualquier cosa que las organizaciones de mujeres y LGBTI hayan logrado que las partes acordaran la conformación de la subcomisión de género y que el trabajo de la subcomisión haya tenido como resultado la construcción de un enfoque de género transversal en los acuerdos. Su conformación implica el reconocimiento de la discriminación histórica de las mujeres y la población LGBTI, y también que han sido afectadas de manera diferencial por el conflicto armado. Esto no ha ocurrido en ningún proceso de paz en el mundo. Y aunque se “cocinó” durante dos años, fue uno de los que se presentó de manera más reciente. Está estructurado a través de ocho ejes temáticos que apuntan a garantizar la equidad de género. Por ejemplo, en materia de tierras, la propuesta es garantizar el acceso y la formalización de tierras a las mujeres. Esto implica de entrada un reconocimiento de que esta es una de las formas en las que opera la discriminación histórica hacia las mujeres porque no accedemos a las tierras en igualdad de condiciones que los hombres. También está contemplado garantizar los derechos económicos, sociales y culturales a las mujeres y a la población LGBTI; promover la participación de las mujeres en espacios de representación, toma de decisiones y resolución de conflictos; garantizar medidas de prevención y protección que atiendan los riesgos específicos de las mujeres. En el punto de víctimas, para garantizar el acceso a la verdad, la justicia y las garantías de no repetición, uno de los logros fundamentales fue la creación de la Comisión de la Verdad y la creación de un grupo especial para la investigación de la violencia sexual en la Jurisdicción Especial para la paz, que además no será objeto ni de amnistías ni de indultos. También incorpora la idea de garantizar el reconocimiento público, la no estigmatización y difusión de la labor realizada por mujeres y población LGBTI como sujetos políticos; el fortalecimiento de la organización y participación política y contempla la importancia de construir sistemas de información desagregados, reconociendo la precariedad que existe en la información. Por todo esto digo que el hecho que las mujeres hayan quedado ya es de por sí importante y, por supuesto, que no ha sido tampoco un regalo sino una conquista.

 

Y el acuerdo efectivamente no es un acuerdo perfecto pero en términos de las apuestas de las mujeres y la población LGBTI, el primer acuerdo pactado era mejor que el final, el que surgió después del fatídico No en el plebiscito por la paz. Por la presión de la derecha reaccionaria, hubo un retroceso en varios temas: preocupante, por ejemplo, que no quedara en el bloque de constitucionalidad como estaba previsto; los límites que pusieron a la reforma rural. Y también creo que hubo cambios sustanciales en la forma como quedaron consignadas las apuestas de las mujeres y la población LGBTI. No es casualidad que se haya reducido tanto el número de veces que se nombra la palabra “enfoque de género”. Las referencias explícitas a la población LGBTI también disminuyeron, mientras aumentaron las referencias a la familia como unidad social, la familia tradicional, la libertad de cultos, entre otros. Planteado así parecería a simple vista una minucia, pero no lo es porque como bien han dicho y hemos dicho las feministas “lo que no se nombra, no existe”. El texto inicial era muy enfático y detallado en mencionar la importancia de alcanzar la igualdad para las mujeres y la población LGBTI, pero la iglesia católica y las iglesias evangélicas “pusieron el grito en el cielo”, literalmente. Nunca había sido tan apropiada esa expresión. A eso fue a lo que llamaron “ideología de género”. Desde una posición totalmente reaccionaria, encabezada por el procurador Ordoñez, tardíamente destituido, y por Álvaro Uribe, que lideraron la campaña por el “No”, los sectores de la derecha colombiana se alinearon para señalar que lo contenido en el acuerdo era una amenaza a la familia tradicional, una amenaza a la iglesia y que los acuerdos querían cambiar la familia. Por eso creo que no es equivocado decir que las grandes vencedoras en el plebiscito por la paz fueron las iglesias. Lo que no podemos perder de vista es que el acuerdo en su conjunto es un marco que define unas pautas y lineamientos de interpretación. El acuerdo es una ventana para lograr varias transformaciones que necesitamos para construir una sociedad diferente. Es un acuerdo para terminar la guerra. Y lo que nos queda de aquí en adelante es construir la paz. Las mujeres y la población LGBTI sabemos que el acuerdo es un camino y un medio. Nuestro aporte en la construcción de paz en el marco que establecen los acuerdos irá de la mano con nuestras propias reivindicaciones y luchas históricas como mujeres que no detendremos ni pospondremos. Eso es lo que no podemos perder de vista. Por eso creo que es un momento que exige de mucha creatividad porque podemos aprovechar para nuestro favor esa ambigüedad en materia de género que quedó planteada en los acuerdos e inclinar la balanza a nuestro favor. Porque los cambios incorporados en el acuerdo después del No pueden ser el producto de la victoria de la derecha reaccionaria. Pero una cosa es la definición del marco interpretativo de los acuerdos y otra cosa es la implementación. Y ahí tenemos un gran desafío para revertir ese espíritu reaccionario.

 

C.E: En el acuerdo final se incluyó un capítulo étnico que menciona que “Se incorporará un enfoque trasversal étnico, de género, mujer, familia y generación” ¿Cuáles serían las recomendaciones para que este enfoque logre ser transversal? ¿Cómo reciben las mujeres de grupos étnicos este capítulo?

 

M.A: En términos generales, no me cabe duda que la inclusión del capítulo étnico fue un logro de los pueblos y organizaciones indígenas y afrodescendientes. Fue un logro tardío, pero un logro al fin y al cabo. No es un dato menor que esté incluido en el punto 6 de los acuerdos. Los pueblos indígenas, principalmente los del Cauca, fueron un actor central para motivar una salida negociada al conflicto, incluso varios años antes de que la mesa de negociación entre el gobierno y las FARC se instalara en La Habana. Por diferentes motivos, disminuyeron notablemente su incidencia política en el tema de paz, a pesar de que históricamente han construido importantes propuestas comunitarias para hacerle frente al conflicto armado. Desde los primeros momentos en los que se instaló la mesa de negociación expresaron su desacuerdo frente a los mecanismos de participación previstos, que efectivamente no les incluyó desde un inicio. Pero no incluyó a los pueblos indígenas ni tampoco al resto de sectores y de movimientos sociales, incluidas las mujeres. Pero hubo quienes entendieron rápidamente que así estuvieran sentados negociando sólo las FARC y el gobierno, lo que allá se estaba discutiendo era tan importante que iba a tener impactos en nuestras vidas. Y las mujeres en eso fueron muy perspicaces y adquirieron un gran protagonismo a punta de presión política. Y eso sí hace la diferencia en los acuerdos en su conjunto porque las mujeres y la población LGBTI lograron construir un enfoque transversal, que interpela, afecta e impacta en toda la sociedad. Lo digo con la alegría que eso me genera en mi coincidencia con las luchas de las mujeres, pero también lo digo con tristeza en mi coincidencia con las luchas de los pueblos indígenas. Porque eso significa que los pueblos indígenas, y me refiero a esa realidad específica porque es la que conozco, no lograron impactar e interpelar a la sociedad en su conjunto con sus propuestas de paz, con su propia perspectiva sobre algunos de los caminos para la transformación social. Y el capítulo étnico es un logro, pero únicamente queda circunscrito a los pueblos indígenas y afrodescendientes. Y la verdad es que tengo reparos en la forma como en Colombia hemos definido qué es la etnicidad y quiénes son los sujetos étnicos. Ese es un problema conceptual y va mucho más allá del acuerdo, y no pretendo que el acuerdo hubiera podido resolverlo, así que es una discusión en la que ahora no me voy a detener. Pero en términos generales, preocupa que quedan por fuera otros sujetos que han sido definidos como étnicos por el estado colombiano, quienes también se han visto afectados por el conflicto armado. Creo que el logro fundamental del capítulo está en construir como principio político el reconocimiento y respeto de la autonomía, la libre determinación de los pueblos, el gobierno propio, el derecho al consentimiento previo, libre e informado, que ya están en la normativa internacional y están consagrados en la Constitución. Pero es importante porque implica partir de lo que ya se ha logrado en términos del reconocimiento constitucional y de toda la jurisprudencia de la Corte Constitucional, incluido el Auto 004 y el Auto 092. Otro logro muy importante que encuentro es la conformación de una instancia especial del capítulo étnico que va a tener interlocución directa con la Comisión de Seguimiento, Impulso y Verificación a la Implementación del acuerdo de paz, así como la inclusión en las Circunscripciones Territoriales Especiales de Paz. 

 

C.E: A partir de los debates surgidos con el resultado de plebiscito del 2 de octubre y las discusiones sobre la “ideología de género” ¿Cómo percibió usted que se dio este debate en la opinión pública? ¿Ganaron los del NO en la versión final de los acuerdos?

 

Antes mencioné algunos puntos sobre este tema. Efectivamente el No al plebiscito tiene varias dimensiones complejas que se unen para acercarnos a una posible explicación sobre lo que ocurrió, que seguirán siendo objeto de debate. Pero no podemos perder de vista que históricamente Colombia ha sido un país con un alto nivel de abstención. A eso sumemos el profundo desconocimiento sobre el acuerdo, posiblemente producto de la forma cerrada como fue contemplada desde un inicio la participación de la sociedad civil en la mesa de negociación, que al final no permitió cerrar de manera adecuada los pactos necesarios y las condiciones precarias y también muy insuficientes en las que se dio todo el proceso de pedagogía para la paz. Fue muy tarde y el profundo desconocimiento fue un factor decisivo. Los esfuerzos de algunas organizaciones sociales y populares en las regiones así como de otros sectores que construyeron procesos educativos para conocer el acuerdo fueron importantes, pero es que no podemos olvidar que los niveles de organización social y política en las regiones son muy variados. No podemos perder de vista otros factores que no sólo son el contexto del debate sobre lo que los sectores más conservadores llaman “ideología de género”, sino que son constitutivos de esa discusión. Durante los últimos años, el país ha vivido importantes avances en materia del reconocimiento de los derechos de la población LGBTI, principalmente en torno al matrimonio y la adopción. Pero esos logros consagrados jurídicamente han encontrado a su paso las disposiciones y actitudes reaccionarias de una buena parte de la sociedad colombiana, incluido Alejandro Ordoñez, que en su calidad de procurador, como lo era todavía a mediados del año pasado, tenía como deber constitucional proteger y defender los derechos humanos de la ciudadanía en general. Para la campaña por el “No”, Ordoñez y Uribe tergiversaron y manipularon a su antojo un debate público que estaba ocurriendo en ese momento sobre la educación sexual y la diversidad sexual en los manuales de convivencia escolares y acuñaron una expresión que ya la iglesia viene usando desde hace mucho tiempo y que llaman “ideología de género”. Ese es un término peyorativo que lo que busca es señalar y estigmatizar las luchas históricas de las mujeres y la población LGBTI en contra de la desigualdad, la discriminación y la subordinación, argumentando que eso es una amenaza a la existencia de la familia. Por eso es muy importante que trabajemos en mostrar que no existe la “ideología de género”, sino que existe el género y la perspectiva de género como un instrumento de análisis. Como buenos oscurantistas que sí son, nublaron más el panorama no sólo poniendo en el “ojo del huracán” a Gina Parody, que en ese entonces era la ministra de educación y que en reiteradas ocasiones fue señalada y difamada por Ordoñez por su orientación sexual, sino que también presentaron un material gráfico para adultos producido en otro país diciendo que eran las cartillas que el Ministerio de Educación estaba implementando en los colegios. Efectivamente el Ministerio de Educación en ese entonces sí estaba trabajando en un material con el apoyo de la ONU que se llamaba “Ambientes escolares libres de discriminación”. Y lo estaba haciendo para acatar una orden de la Corte Constitucional que en el año 2015 falló a favor del caso de Sergio Urrego que se había suicidado años atrás por el matoneo que vivió de parte de las directivas de su colegio por ser gay. Y lo que hicieron fue “pescar en río revuelto”, como se dice, y silenciar toda esta discusión de fondo y decir que eso que llaman “ideología de género” quedaba manifiesto en los acuerdos entre el gobierno y las FARC. Esa fue otra gran mentira que logró alinear a amplios sectores de la sociedad en “defensa de la familia” y, por supuesto, en detrimento de la paz. Lo que deja esta discusión es que Colombia sigue en deuda con la lucha contra las diversas formas de discriminación que vivimos las mujeres y la población LGBTI. Y que el camino no ha sido ni será fácil y que es importante seguir profundizando el enfoque de género que atraviesa los acuerdos de paz para transformar las desigualdades y exclusiones que históricamente hemos vivido las mujeres y la población LGBTI. Lastimosamente fue muy desafortunada la forma como se manipuló esta discusión para cerrarle el paso a los acuerdos de La Habana, bajo el pretexto de que eran una amenaza contra la conformación de la familia y contra el bienestar de la infancia. Pero lo que queda claro es que Colombia está en deuda de dar un debate claro y argumentado sobre “la familia”. El punto de partida debería ser apuntar a mostrar la pluralidad de las familias, que no hay un único modelo de familia. Y en cualquier caso, el elemento fundamental tiene que ser desmontar la cantidad de idealizaciones que tenemos sobre esas familias, en sus múltiples variaciones, porque lo que muestran las investigaciones empíricas es que “la familia” es una de las estructuras más violentas de la sociedad y que las prácticas, disposiciones y relaciones autoritarias y jerárquicas que construimos allí son el modelo que orienta nuestra forma de relacionarnos en otras esferas y niveles más amplios.

 

C.E: Para el proceso de implementación, el acuerdo prevé la creación de una Instancia Especial conformada por 6 representantes de organizaciones de mujeres nacionales y territoriales para interlocutar con la Comisión de Seguimiento, Impulso y Verificación a la Implementación del Acuerdo Final (CSIVI) ¿Qué podemos esperar las mujeres de esta instancia? ¿Cuáles serían sus recomendaciones para la misma? Y ¿qué desafíos tenemos las mujeres y organizaciones de mujeres para la implementación de los acuerdos?

 

M.A: Sin duda la creación de la instancia especial conformada por organizaciones de mujeres para el proceso de implementación fue un gran logro. Sabemos que un proceso de paz busca afectar ciertas relaciones y estructuras para lograr unas transformaciones en la sociedad porque hay unas dinámicas de inclusión y exclusión que requieren ser replanteadas para construir nuevas formas de relacionamiento entre diferentes sectores sociales. Eso implica una lucha para redistribuir el poder. Pero la paz no es una, cada quien tiene su propia perspectiva sobre la paz y esas visiones sobre la paz están basadas en las ideas de sociedad que tenemos y hacia dónde creemos que deberíamos avanzar hacia el futuro. Por eso es un terreno de disputa. La implementación es un momento tan importante que lo primero que tenemos que pensar es la responsabilidad ética y política que tenemos para enfrentar ese proceso. Para implementar primero hay que conocer, así que el primer esfuerzo que tendremos que hacer las organizaciones de mujeres, y demás movimientos sociales y populares, es profundizar los procesos pedagógicos locales para que todas y todos conozcamos los acuerdos. Pensar y articular de manera adecuada las estrategias de formación política para que se adecúen a las dinámicas comunitarias y locales es fundamental. Pero además de eso creo que podríamos impulsar un mecanismo para lograr que los colegios públicos y privados, tanto rurales como urbanos, así como las universidades, se comprometan con llevar a cabo un proceso educativo con las y los estudiantes sobre el acuerdo de paz, insertando esto en los currículos. Lo que está claro es que eso no puede depender de la voluntad política bien sea de un rector o rectora, o de un docente particular.

 

Lo que hay que ver es que el acuerdo entre las FARC y el gobierno construye ya un marco importante, pero a ese marco falta ponerle el cómo y esa es la implementación. Quienes estén concentradas y concentrados en construir ese cómo, en pensarse caminos y formas para ponerle carne a ese acuerdo, tendrán un elemento fundamental. Porque a la implementación hay que llegar con ideas y propuestas para materializar esos acuerdos. Es el momento de la creatividad. Y si no estamos trabajando en eso ya, vamos tarde. La capacidad política para incidir en ese escenario pasa, primero, por construir colectivamente esos cómo, desde nuestra propia perspectiva como mujeres, como movimientos sociales y populares. Y esto tiene que ir acompañado de una amplia y continua movilización popular por la paz. A veces siento que perdemos la dimensión política de todo lo que está en juego, no sólo frente a la participación de las mujeres en la mesa y ahora en la implementación, sino de lo que ha significado sostener una negociación durante cuatro años e intentar llevarla a buen término, a pesar de todo el ambiente de polarización que hemos vivido, y eso me preocupa enormemente. Y me preocupa también porque construir esa capacidad de incidencia para lograr que nuestras propuestas sean protagonistas y se materialicen en la fase de implementación pasa también por construir unidad política entre las organizaciones de mujeres nacionales y territoriales pero también unidad política de los movimientos sociales y populares. No podemos hacernos las de la vista gorda silenciando que la unidad política de las mujeres en la fase final del proceso de negociación salió lastimada. Tenemos la responsabilidad ética y política de tejer nuevamente esos lazos que nos unen para avanzar hacia un objetivo común. Es un primer paso para despojarnos de las prácticas patriarcales de hacer política y reconstruir los tejidos desde la solidaridad, el respeto, el reconocimiento y el diálogo. No podemos hablar ni “dar cátedra” enseñando a otras y a otros cómo resolver conflictos si entre nosotras mismas no somos capaces de dirimirlos. Construir la unidad política desde el respeto a la diversidad de posiciones y experiencias es un paso necesario para enfrentarnos a los grandes desafíos de la fase de implementación.

 

En realidad creo que los desafíos para las mujeres en materia de implementación son múltiples. Pienso también en la importancia de cuestionar y revertir ciertas lógicas que ya vienen operando como sentido común. Por ejemplo, la cooperación internacional es un actor sobre el que poco hemos indagado, inclusive la academia en Colombia no tiene tampoco desarrollado un amplio campo de estudios. Es un actor político fundamental pero poco hemos analizado su presencia, las dinámicas de relacionamiento, sus intereses, sus expectativas, la variabilidad de formas de cooperación que operan en el país, las múltiples relaciones que históricamente ha construido con diferentes sectores sociales y populares, la forma como hay procesos de imposición de “agendas” internacionales en los procesos locales. La lógica de proyectos promovida por la cooperación internacional ya absorbió a la paz y eso es un problema y puede convertirse en una gran amenaza para la implementación. ¿Cómo podemos construir una propuesta que busque revertir esa lógica? Porque el problema es que mientras algunas y algunos están peleando por acceder a la plata de los proyectos, dejamos de debatir los temas estructurales y los mecanismos posibles para la construcción de una paz estable y duradera, para crear unas condiciones que nos permitan a las mujeres vivir una vida libre de violencias. Muchas veces dejamos de pensar cómo transformar nuestras realidades porque tenemos que hacer el informe para cumplir con los indicadores del proyecto y ser más eficientes para ganarnos el siguiente. Eso ha alimentado un proceso muy rápido de burocratización de las organizaciones sociales y populares, como lo han hecho también ciertas formas de relacionamiento con las instituciones del estado. Pensar y construir la paz también tiene que pasar por transformar esas lógicas de subordinación que son funcionales al mercado.

 

Las mujeres tenemos un desafío enorme para desmilitarizar la vida, el pensamiento, los cuerpos. Necesitamos romper con la lógica de la guerra, que distingue entre amigos y enemigos. Algunos trabajos antropológicos han detallado cómo esa lógica conlleva un proceso de deshumanización. Restituir a los sujetos su humanidad es un paso muy importante para restaurar los tejidos que la guerra ha trozado.

 

También es muy posible que las mujeres tengamos más tareas que el resto, porque para implementar también necesitamos mucha información que no existe sobre nosotras y que tenemos que construir, para lograr que la implementación la hagamos de acuerdo con las realidades específicas que vivimos las mujeres en cada uno de los territorios, desde una perspectiva de género, étnica, generacional. Por eso creo que en materia de implementación uno de los pasos clave es empezar a llenar vacíos de información, y no sólo información cuantitativa, que también es necesaria y urgente, pero necesitamos investigación empírica cualitativa para conocer las realidades específicas que vivimos las mujeres y entender, a partir de ese nuevo conocimiento, cuáles podrían ser las estrategias cultural y socialmente apropiadas para enfrentar los problemas que vivimos. Por ejemplo, ¿Cómo podríamos contribuir las mujeres en el tema de cultivos ilícitos? Lo primero que podríamos hacer es realizar investigaciones sociales desde una perspectiva de género sobre el papel y las experiencias de las mujeres como cultivadoras. Pero las experiencias y papeles no han sido los mismos, porque las mujeres son diferentes, porque las regiones también, porque las pertenencias identitarias no son las mismas ni tampoco las edades en las que los realizan. Pero sólo la construcción de este conocimiento nos va a dar las claves para incidir de manera pertinente e informada en la construcción de los planes integrales para la sustitución de cultivos como está contemplado en el acuerdo.

 

Algo similar ocurre en relación con la violencia sexual hacia las mujeres, aunque en dimensiones diferentes. Creo que hay un consenso generalizado sobre la importancia que adquirió posicionar el tema de la violencia sexual en la mesa de negociación. Ese fue un logro de las mujeres. Pero creo también que esta fase de implementación podría ser un momento muy adecuado para pensar y abordar la violencia sexual desde un marco más amplio, para que no quede restringida únicamente al campo del derecho y del discurso jurídico. Estamos de acuerdo en que necesitamos avanzar en materia de justicia y el acuerdo provee ya un marco muy interesante producto de la incidencia de las mujeres en la mesa. Para ponerlo en marcha, las mujeres no sólo podemos estar en actitud de vigilancia, que por supuesto es muy importante, tenemos que construir propuestas para incidir en los mecanismos previstos. Puede parecer extraño, pero lo que he encontrado a raíz de una investigación antropológica que realicé sobre las experiencias de violación sexual hacia las mujeres nasa del norte del Cauca, es que tenemos un vacío de información enorme sobre este tema, tanto cuantitativo como cualitativo. Y un primer paso para la implementación es superar este problema. Ya varios informes de las organizaciones de derechos humanos de las mujeres se han referido a los vacíos de información cuantitativos que existen y a la importancia de construirlos desde una perspectiva que involucre a la gran heterogeneidad de mujeres y población LGBTI del país. Cuesta creer que en un país que ha construido un campo de investigación tan amplio sobre violencia y conflicto en Colombia, poco y nada sabemos sobre la violencia sexual hacia las mujeres. La antropología del país no se ha aproximado al fenómeno de la violencia sexual ni lo ha abordado como objeto de investigación y urge construir un marco de indagación para la comprensión de los diversos sentidos asignados a la violación sexual en Colombia desde una perspectiva étnica, de género y generacional. Son las organizaciones de derechos humanos de las mujeres las que desde la década del noventa han confrontado estos silencios. Lo que muestro en esa investigación es que desde la década del noventa ha habido un proceso de “visibilidad selectiva” de lo que ha sido denominado erróneamente, según considero, como “violencia sexual en el marco del conflicto armado”, una expresión que se convirtió en un marco interpretativo que enfatiza en la violación sexual ejercida por los actores armados en Colombia, en consonancia con la mirada hegemónica académica que ha acentuado la violencia sociopolítica. Y que este proceso de “visibilidad selectiva” está atado a su inserción en el marco del derecho, lo cual produce un efecto de universalización y deshistorización de la violencia sexual y una definición hegemónica sobre ella. Pero además que aunque hemos tenido este proceso de visibilización, por supuesto muy importante, no ha venido acompañado de investigación empírica que nos ayude a comprender las experiencias diferenciales y heterogéneas de violencia sexual que han vivido las mujeres, que históricamente tampoco han sido las mismas. Esto también ha mantenido silenciada la violencia sexual intracomunitaria e intradoméstica que viven las mujeres en su vida cotidiana. La investigación que realicé muestra cómo se conecta la vida “privada” y el mundo público en la vida de las mujeres, cómo está estructurada la familia y cómo esas jerarquías de género y generacionales en la familia estructuran y atraviesan otras esferas más amplias que producen y reproducen las violencias hacia las mujeres. Y si añadimos a eso que en muchos de los casos también son las mismas mujeres quienes sostenemos estos arreglos de género, pues tenemos múltiples desafíos para repensar cómo deberíamos abordar la violencia sexual hacia las mujeres. Y necesitamos profundizar esta aproximación desde una perspectiva histórica y culturalmente situada. Necesitamos comprender empíricamente cómo se sostienen, conectan y superponen ambas formas de violencias. Sólo así podemos entender cómo es el continuum de violencias desde la perspectiva de las mujeres. Y este es un momento clave para repensar estos temas.