El derecho a la palabra. Carlos Beristain.

10 de octubre de 2016

Tomado de: Beretizik

A propósito de la detención  y expulsión de Carlos Beristain por agentes marroquís en el Sahara

El lunes 10 de octubre, la asociación de víctimas saharauis de violaciones de DDHH (ASVDH), después de muchos años y una larga lucha judicial para tener los permisos del ministerio de Interior marroquí para poder hacer abiertamente sus actividades, tiene convocadas las primeras jornadas para las víctimas. Las jornadas se titulan Unidos contra la impunidad y el ocultamiento de la verdad. Durante estos meses estuvieron acondicionando una sala, comprando sillas, buscando la solidaridad de unos y otros para poder reunirse. El derecho a la palabra está maltrecho en esta querida tierra.

 

La primera actividad es la presentación de las investigaciones realizadas estos años sobre las violaciones de derechos humanos cometidas contra las víctimas saharauis, El Oasis de la Memoria, sobre 261 casos de tortura, violación sexual, desaparición forzada, bombardeos de población civil, entre otros, y Meheris: la esperanza posible sobre las primeras fosas comunes descubiertas en el Sahara con los cuerpos de ocho beduinos ejecutados en 1976, incluyendo dos niños.  Las investigaciones estuvieron coordinadas por un equipo de Hegoa, instituto de la Universidad del País Vasco y la Sociedad de Ciencias Aranzadi. Hace tres años de ese descubrimiento de las fosas, y las autoridades marroquíes del Consejo de Derechos Humanos dijeron públicamente que iban a contactar con las víctimas, pero nada han hecho desde entonces. El gobierno español ante la pregunta de una parlamentaria, reprodujo en su respuesta esas palabras como si fueran suyas. Las palabras se las lleva el viento, pero la persistencia de la gente y los derechos de las víctimas no caducan.

A esas jornadas estábamos invitados. Escribí a las autoridades del Consejo de DDHH de Marruecos anunciándoles la visita, así como al GTDFI de Naciones Unidas y al Comité de la Convención de Desaparición Forzada de la que Marruecos es signatario. La legalización de la ASVDH anunciaba un tiempo nuevo.

 

Pero en las escaleras del avión esperaba un tiempo viejo, dotado de seis agentes de los servicios de inteligencia. Según bajo por la escalera me rodean. Me piden el pasaporte:

 

– ¿Viaja con alguien más?

– No.

 

El resto de los pasajeros van pasando sin problemas. El pasaporte se va con un agente, mientras otros se quedan para que no me mueva.

– Suba al avión.

 

No me muevo sin mi pasaporte. Además quiero saber la razón de este atropello. He escuchado mil historias de alcaldes, parlamentarios, activistas, visitantes, en donde se han dado cosas parecidas. La repetición lleva tantas veces a la normalización. Todas las formas de violencia se apoyan en esa máxima, para tratar de hacerte insensible. Después de un buen rato el pasaporte viene con una orden de hacerme subir al avión. Cuando pregunto por qué, todos parecen tener claridad:

 

-Usted es una amenaza para la seguridad del Estado.

– ¿Cual es la amenaza? -pregunto.

 

Los agentes dicen que no saben, que son unos mandados. Les pido si puedo hablar con su superior, que debe estar detrás de aquella cristalera, pero no se acerca. Solicito un papel por escrito donde diga las razones para esto, pero la arbitrariedad no tiene razones, solo sabe amenazar.

 

– Usted es una persona indeseable para el Estado.

 

Los calificativos abundan esta mañana, pero parecen no saber su razón. Cada pregunta sobre el por qué viene con una respuesta subida de tono.

– Este es el único país del mundo donde pasa esto, le digo a uno de los agentes. He estado en varias dictaduras y guerras, El Salvador, Guatemala, Colombia, y nunca he vivido este atropello.

 

Pero no se conmueve. Los argumentos andan de rebajas:

 

-El gobierno español también deporta a inmigrantes marroquíes –dice otro policía.

 

Al otro lado en la salida del aeropuerto está esperando mi traductor y Brahim Dahan y Elghalia Djimi de la ASVDH, mis hermanos. Hace unos años, cuando estuve aquí tomando testimonios pasamos juntos semanas escuchando horrores y tratando de hacer algo constructivo con el dolor. Para eso escribimos esos informes que son un aldabonazo a la conciencia, ahí se documentan los casos con todos los detalles.

 

Mientras pasan los minutos, la ceremonia sigue su curso. Baja el capitán de la aeronave a hablar conmigo. Muy amable, me dice que es mejor que suba antes de que se pongan más agresivos.  Entiendo que estoy en un metro cuadrado en que se convirtió el mundo, y hay un pasito que me lleva a la escalera. En el metro cuadrado, según Naciones Unidas y el derecho internacional, España es la potencia administradora y Marruecos la potencia ocupante. Parece que solo cuenta la ocupante. La otra solo es potencia en la escalera del avión. Pero aún espero mi papel.

 

Uno de los agentes me dice que lo pida al ministerio del Interior. Le pregunto a quién, pero él tampoco sabe. Quiero saber qué tipo de amenaza soy.

-Son órdenes de las autoridades. Su presencia aquí supone una amenaza al orden público.

 

Si la investigación en derechos humanos es problema de orden público, debe ser que el orden público amenaza a los derechos humanos.  La ASVDH ha sido legalizada hace unos meses, pero no hay derecho a la palabra.

 

– Doctor, usted entiende –me dice uno de los policías.

O sea que me conoce. Habla de que el objetivo de mi visita es la amenaza.

– ¡Voy a una reunión con las víctimas!

 

Este Estado tiene miedo a la palabra. No solo aquí. Hace tres años, cuando presentamos El Oasis de la Memoria en el Palais des Nationes en Ginebra, otro agente se presentó a vociferar entre los embajadores, diciendo que él también fue preso político del régimen de Hassan II. En 2015, cuando la palabra presentaba el informe en el Foro Social Mundial en Túnez, el mismo agente de Ginebra se encontraba en el mismo hotel donde me alojaba, y poco después un grupo de reventadores vino a la jaima saharaui a gritar que querían libertad de expresión. Cuando salí a hablar con ellos, se estaban reuniendo con el mismo agente de Ginebra.

 

Ahora solo pienso en el impacto en los que me están esperando, en la gente que se reunirá mañana queriendo vernos. En el papel que tienen los símbolos, y en el calor de la presencia de los otros. John Berger dice, en uno de sus libros, que todas las formas de represión se basan en el control del tiempo.

 

Lo que más duele de esto no es no poder pisar un territorio, no duele tanto la arbitrariedad y la prepotencia. Duele no poder darles un abrazo.

 

Carlos Martín Beristain 

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