¿Por qué será que en Colombia somos tan godos?

10/03/2016

Por Camilo Castellanos

Quizá por un exceso de optimismo, algunos creímos que en 1991 Colombia había encontrado el camino para superar la historia de violencia y antidemocracia. La nueva Constitución lo sugería, aunque se sabía que no iba a ser fácil. Las fuerzas de la inercia estaban intactas: la clase política tradicional, la propiedad territorial, la jerarquía eclesiástica, los mandos militares…

 

Los constituyentes quisieron el más generoso de los pactos en el que a la violencia se le oponía la democracia como el mejor antídoto. Por lo tanto, había que depurar la política y se creó un riguroso régimen de inhabilidades e incompatibilidades; tocaba profundizar la descentralización, ahora con el concepto de la autonomía fiscal; se impulsaba la democracia participativa —plebiscitos, referendos, revocatorias, consultas, iniciativa popular en todos los niveles, un menú de verdad copioso—; se proponía un orden incluyente que abría las puertas a los indios, a los negros, a la diversidad y el pluralismo con una significativa ampliación de la carta de derechos. Pero faltaba algo: a tan lindas promesas las debía acompañar una alianza poderosa comprometida en hacerlas realidad, sólo que esa voluntad no podía surgir por norma constitucional.

Réplicas

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Las fuerzas de la inercia se hicieron a un plan de mediano plazo. Se trataba de recuperar para sí la institucionalidad espacio por espacio. Para comenzar se dijo que la de 1991, igual que la Constitución de 1863, también era una constitución para ángeles. Luego se hicieron al control de los partidos viejos y nuevos, la estrategia  paramilitar había de servirles para este propósito. Se desvirtuó el régimen de inhabilidades e incompatibilidades. Se reglamentó la participación democrática para hacerla inviable. Las instituciones a nivel nacional, departamental y municipal fueron cooptadas por el narcotráfico y el paramilitarismo. A los municipios se dejaron las nuevas responsabilidades pero les redujeron las transferencias y la participación en las regalías. La institución insignia del nuevo orden: la Corte Constitucional, terminó en poder de una mentalidad contraria a la de los constituyentes del 91.  Al pobre texto constitucional no le cabe un parche más.

 

Si las fuerzas de la inercia nunca perdieron el sentido de la realidad, los partidarios de la Constitución de 1991 creyeron que las normas hacían tránsito a la realidad por una supuesta cualidad performativa: las palabras crean realidades, más si son normas.

 

Demos por descontados los errores y falencias de los reformadores del 91 y de sus partidarios. Cabe preguntarse, sin embargo: ¿el éxito de los contra reformadores no debe mucho a una sociedad refractaria a los cambios, como lo dijo en su momento un ilustre ex presidente?

 

Como toda generalización, esta también es discutible, porque no se resiste a todos los cambios. Por ejemplo, en el siglo XIX no se opusieron a la expropiación de los bienes de manos muertas, como no se opusieron a finales del siglo XX a la privatización de los bienes estatales.

 

Pero es también cierto que las clases en el poder han escrito como en piedra en la mente de los colombianos un apriori: no hay que dar saltos al vacío y salto al vacío es todo cambio, pues la única realidad consistente es el orden constituido. En consecuencia, se asume con deplorable conformismo que es mejor malo conocido que bueno por conocer.

 

La refracción al cambio se aprecia en la vida cotidiana: nos cuesta asumir un cambio horario —porque se argumentaba contra César Gaviria, un presidente no puede modificar lo que es de la naturaleza—, algo que en  Europa se hace con rutina dos veces cada año; el comercio bogotano no puede aceptar la peatonalización de la carrera séptima que desarrolló la administración progresista porque supuestamente la gente no llegaría a los negocios; igual que en el Caguán los guerrilleros prohibieron a los jóvenes el uso del arete. Los ejemplos podrían proliferar hasta el cansancio.

 

Pero más que echarle la culpa a la realidad social por la dificultad de aclimatar los cambios, conviene intentar explicar los condicionamientos sociales que han producido y consolidado estos estereotipos.

 

Hay cuatro condicionamientos en la sociedad colombiana que la hacen refractaria al cambio:

 

El primero es que nuestra historia no ha conocido revoluciones victoriosas[1]. Razón tienen los pensadores conservadores cuando afirman que la Independencia fue una guerra civil, más que una revolución. Es decir, una disputa en las élites por el control de los recursos del virreinato.

 

En consecuencia, nuestra sociedad conoce desde la Colonia las mismas élites. Una vez cada medio siglo, aceptan un artesano o un contrabandista de aguardiente o alguien ligado a negocios non sanctos, siempre y cuando pase por las horcas caudinas.

 

Las clases dominantes han diseñado complejos dispositivos para asegurar la estabilidad de su orden. La clase política generalmente se recluta en las capas medias pero sólo se llega a las más altas dignidades cuando se demuestra obsecuencia absoluta. El más plebeyo de nuestros gobernantes fue hijo de una lavandera, pero también fue el más sumiso servidor. Se encargaron de demostrarle hasta el oprobio que no era uno de los suyos. Gaitán pretendió colarse sin permiso y su osadía le resultó fatal. La Iglesia y las Fuerzas Armadas reclutan sus mandos en las capas medias urbanas y rurales, pero  sólo llegan a los más altos escalones quienes  han pasado por las más exigentes pruebas de fidelización.

 

El segundo condicionamiento tiene que ver con el rol de las capas medias en la sociedad colombiana. Desde Aristóteles es conocido el rol estabilizador de los sectores medios, factor que neutraliza las tensiones entre los extremos de la escala social. En las haciendas de la Sabana de Bogotá y aledaños había un personaje clave: el administrador u orejón, como también se lo llamaba. Desempeñaba un papel económico: organizaba las labores agrícolas; un papel político: era el gamonal que disciplinaba la clientela, y un  militar: reclutaba las mesnadas de peones cuando quiera que los patrones las necesitaran para las guerras civiles.

 

Ya no pesa tanto el régimen de las haciendas, pero el papel de los orejones lo cumple a cabalidad la pequeña burguesía, más cuando se enmarca en los empleos burocráticos, en un país donde el Estado es el principal empleador. El máximo valor de esta gente es la seguridad, que no es otra cosa que permanecer en la situación de siempre. Se dice que el gran acierto de Eduardo Santos al frente de El Tiempo fue saber hablar a las capas medias, interpretar su manera de pensar y sus expectativas. De modo que se hicieron el dique de contención de las fuerzas renovadoras.

 

Con todo, mal paga el diablo a quien bien le sirve, las capas medias son las que peor han sufrido los impactos del neoliberalismo. Mientras los ingresos de los altos gerentes y de sus consultores han crecido como nunca, los ingresos de los profesionales se han contraído, peor son más los que pugnan por los mismos puestos de trabajo. Es la suerte de los profesionales de la salud bajo el régimen de la ley 100. Son las capas medias las que sostienen el funcionamiento del Estado mediante la retención en la fuente y el IVA a sus consumos. Está por ver qué repercusión pueda tener tanto maltrato. En la actual coyuntura, saber leer la inconformidad de las capas medias, su voluntad de superación o búsqueda de otro orden será clave para abrirle paso a otro país.

 

El tercer condicionamiento, muy relacionado con los dos anteriores, es la asociación de la revolución con el caos. Una percepción que ha sido cultivada con esmero. Es la imagen que ha quedado del Nueve de Abril como el día de la destrucción, cuando gente que no merece el nombre de colombiana se dedicó al saqueo, al incendio, a la profanación de lo sagrado y a pisotear todo lo respetable.

 

Una novela –y no es una gran novela--ilustra lo que queremos señalar. Su importancia radica en que es una expresión tópica de los preconceptos y prejuicios dominantes en la sociedad colombiana. Se trata de José Tombé, obra juvenil de Diego Castrillón Arboleda. Al final de la historia de Tombé, algunos dicen que es la versión literaria de Quintín Lame y de su movimiento, Tombé ataca con sus indios el centro poblado. Ese día, “los indios enloquecidos entran a las casas para matar y destruir; vuelan las puertas a machetazos o con viga que se procuran de las barandas; las astillas de los muebles se estrellan contra los techos y la sangre de los cráneos abiertos salta para pintar las paredes y los pisos”[2].

 

Es el día de la destrucción, de la brutalidad y del terror:

 

Por las calles corren las mujeres llenas de pavor, derramando el llanto de las cabecitas rubias que aprietan contra el pecho. El terror cunde por todas partes. En una acera cae muerto un soldado sobre el cadáver de su amigo y a su lado una madre mutilada brutalmente… Más allá, en la subida, un sargento lleva a una niña de pocos años para defenderla;  unto a un rancho plegado por el tiempo, un indio hunde una estaca en la espalda de un anciano (…) y allí mismo, una mujercita andrajosa reza las últimas oraciones a un moribundo tendido sobre un charco de sangre. (…) En el parque corre un salvaje enloquecido, con la cabeza de un oficial al extremo de un palo, bamboleándola,  y al lado de la zanja de agua se ve otra figura, con la ruana ensangrentada y el raspón roto, desvalijando un cadáver sucio de lodo  y de baba rosada... 

 

Si nadie en su sano juicio puede estar de acuerdo con afrentar a los niños, a las mujeres, a los ancianos y a los muertos, los enemigos de que las cosas cambien resultan del lado de la civilización y sus adversarios terminan del lado de la barbarie.  De aquí resulta que se invisibiliza las barbaridades de los civilizados como son invisibles las razones y las cualidades de sus víctimas. Por tanto, el orden –aun el más injusto--es preferible al caos,  y por el orden es necesario sacrificar la libertad y hasta la vida.

 

Pero, es curioso. La afición al orden debiera traducirse en un irrestricto compromiso con la ley, máxima expresión del orden. Pero no. Como surgido de la defensa irracional del privilegio, el orden es más la resignada aceptación de lo existente o su imposición violenta, lo más distante del acatamiento voluntario de una norma que satisface a quien la obedece. Por eso en la práctica, la vida real de los colombianos, “amigos del orden”, transcurre al margen de la ley: viven en unión libre, comercian de contrabando, trabajan en la informalidad, no pagan impuestos. A la larga,  el fetichismo de la legalidad no es más que la coartada del orden injusto. 

 

El último condicionamiento,  y no por eso menos importante, tiene que ver con la percepción de que se vive en el mejor país del mundo. Una percepción que cruza la vida cotidiana de los colombianos y la existencia de las instituciones que los rigen. Somos una potencia moral, decía el doctor López de Mesa. Somos la democracia más antigua y más estable de América latina. Nuestros científicos y pensadores son de talla mundial. Ahora estamos entre los 32 mejores del futbol mundial. Y etcétera, etcétera, etcétera.

Existe un indicador, el Happy Planet Index que mide la percepción de bienestar. Colombia ocupa el segundo lugar después de las Islas Vanuatu[3]. Y es que los colombianos somos positivos, siempre vemos el lado bueno de las cosas,  en lo más triste del velorio pensamos en la rumba que sigue.

Y si somos tan felices, para qué cambiar…

 

 

 

 

[1] En Colombia, ciertamente, ha habido pocos golpes de Estado y han sido breves. Los alzamientos contra un gobierno, sólo una vez han sido coronados por el éxito. Fue el triunfo de las fuerzas acaudilladas por el general Tomás Cipriano de Mosquera, a quien rápidamente neutralizaron sus amigos radicales mediante la Constitución de Rionegro. Acaso Mosquera hubiera podido quebrar el orden colonial porque tenía arrestos suficientes para ello.

 

[2] Diego Castrillón Arboleda. José Tombé. Editorial Antena, Bogotá, 1942.

 

[3] http://www.caracol.com.co/noticias/entretenimiento/colombia-el-segundo-pais-mas-feliz-del-mundo/20090324/nota/783262.aspx  Consultado el 7/11/2013