El salto prodigioso de un país:  El nuevo día supone el fin de la noche

 

Por:  Camilo Castellanos.

 

En noviembre de  2015,  un joven a quien todavía distinguía un ostensible acento costeño visitó a Bernardo Tovar,  ilustre profesor de la Universidad Nacional.  Quería compartirle un libro de contabilidad,  mugriento por el uso y  por haberse conservado en condiciones no muy propicias. En dicho libro no se anotaban cifras.  En él, con una escritura modosa, un maestro de provincia consignaba sus reflexiones en notas casi aforísticas.  Se trata de   Ernesto   Fernández,  maestro en Pailitas, y quien fuera asesinado al comienzo del siglo XXI a causa de su militancia.

  

Fernández  no solo componía canciones para estimular al campesinado de la región en el sueño de  una patria con justicia y libertad. Profesor de sociales, en sesenta y dos páginas compiló su conocimiento de la historia de Colombia y una curiosa elaboración sobre su propia experiencia.  El profesor Tovar bebió con avidez el texto que el inesperado visitante le entregó y fue tanta la seducción que se propuso editarlo para el uso de los jóvenes.  La verdad que no había leído en su larga vida de historiador un documento tan cargado de futuro y tan anclado en el presente. “En cada renglón hay vida, hay sueños, hay sabiduría”, comentaba Tovar en el prólogo que redactó para la publicación del libro de cuentas[1].

 

Su mirada de la historia de Colombia es realista. “Colombia progresa, progresa como la cola del caballo, crece para abajo”.   La vida de su gente más allá y más acá del cerro de Bobalí donde la miseria acosa y el hambre está por demás, lo llevó a comprometerse sin medir consecuencias. Invita a que todos los revolucionarios se unan sin rencor, pues unidos podemos triunfar.

 

Hasta aquí pareciera una más de las reflexiones al uso de un maestro zurdo.  Sin embargo,  evalúa críticamente la acción de quienes no quieren mirar las limitaciones de su acción.  A pesar de sí mismo la desazón  lo invade porque le parece que no se entiende el agotamiento de las formas insurreccionales.  Pero  a la vez le parece que quienes optan por la paz, no están en camino de elaborar una estrategia que permita la victoria popular por la nueva ruta que han optado.  Los ve entregados al “disfrute goloso de los  huesos sin carne del  poder consentido”, ajenos al horizonte de un efectivo poder popular.

 

Y es que en su opinión, la paz no puede significar el abandono de la propuesta de  una democratización real de la vida colombiana, lo que implica asegurar la conquista de una nueva mayoría y el diseño de un camino para que esta fuerza imponga un curso distinto al país. 

 

Con Gaitán, escribe Fernández, conocimos el intento de amarrar las manos de los violentos al tiempo que se avanzaba en desatar la energía popular.   A los marxistas de entonces les pareció una propuesta gandhiana.  El asesinato del caudillo y el posterior aniquilamiento de su movimiento parecieron confirmar el descarte de los marxistas.  Pero a lo mejor, ahora cuando es preciso caminar por otras sendas que no son las insurreccionales, encontramos la necesidad de retomar la reflexión gaitanista.

 

Desde Pailitas en la segunda mitad de los noventa, Fernández aprecia el declive del imperio,  el entrampe del capitalismo en crisis,  la incapacidad de los neoliberales para encontrar salidas distintas  al recorte de los gastos sociales y las nuevas tendencias que los sectores progresistas de América latina  comienzan a insinuar.  En cada uno de estos rasgos ve una posibilidad a aprovechar en función de la estrategia que anhela.

 

En la década de los sesenta, recuerda Fernández,  los EEUU acabaron con el menos que tibio ensayo de Goulart en Brasil, invadieron República Dominicana,  estimularon la masacre de los estudiantes en México y a principios de los años setenta le quitaron el aire al general Velasco en Perú y ahogaron en sangre el experimento de Allende.  Hasta ahora los EEUU no han podido cerrar el paso a las esperanzas que reverdecen en Nuestra América. En este punto la escritura de Fernández “se torna dinámica, como que escribe animado por una inspiración vigorosa”, apostrofa Tovar.

 

 La gran oportunidad de América latina está en el encarte de los EEUU con su propio conflicto normativo,  presos como están de las dinámicas disruptoras que alberga su sociedad,  enfrentando el desafío del mundo islámico que no soporta más la condición paria y la obsolescencia de un aparato productivo irremediablemente desueto.  Estos problemas dejan un amplio margen de acción a  nuestras fuerzas, pues las oligarquías sin el apoyo norteamericano resultan poco menos que impotentes.  “Sin alharaca, pero sistemáticamente –escribe Fernández--  hay que consolidar una masa crítica capaz de construir una visión alterna de futuro.  No hay que dejarse provocar, no hay que escuchar a quienes proponen apresurar la batalla decisiva”.  Entiende que  la masa crítica será construcción latinoamericana, de conjunto,  no obra de un país y menos de un solo enfoque, será plural y multiforme, como creación de la vida. 

 

El renacer de América latina es correlativo al declinar de los EEUU,  “como el nuevo día que supone el fin de la noche”, escribe Fernández.   Por esto llama a seguir con lucidez los procesos de Norteamérica, a estudiarlos porque “la implosión está cerca –escribe–,  y como en un agujero negro, la antigua fuerza se ahogará en ella misma”. Corresponde acompasar “nuestra marcha ascensional con el desastroso ocaso del coloso del norte”.

En Colombia, el  pensamiento crítico ha conocido tres éxitos de ventas en los últimos setenta años:  Los estudios sobre el subdesarrollo colombiano, de Mario Arrubla,  No nacimos pa’  semilla  de Alonso Salazar y Las reflexiones de un maestro de provincia,  textos que dieron paso a otras formas de pensar el país. 

 

En próximo artículo repasaremos otras reflexiones del maestro de provincia.

 

 

[1]  Fernández, Reflexiones de un maestro de provincia.  Ediciones Maestros para el Nuevo Milenio, Bogotá, 2017.