El salto prodigioso de un país:  Cuando el campo encontró la suerte que merece

 

Por:  Camilo Castellanos.

 

Dos tópicos sobre el agro colombiano se impusieron: el primero, que en el corazón de los conflictos estaba la tierra, y el segundo,  que el problema agrario trascendía el asunto de la tenencia. Sobre uno y otro corrieron ríos de tinta: más sobre el primero que sobre el segundo.

La globalización y el despoblamiento del campo, la necesidad de exportar y la necesidad de asegurar la soberanía alimentaria pusieron al orden del día el tipo de sociedad y economía rurales que era preciso desarrollar. En consecuencia,   la ruralidad ocupó la atención de las organizaciones campesinas, la  academia, y las instancias de decisión política.

Desde la primera década del presente siglo, las opiniones se dividieron nítidamente. De un lado estaban quienes proponían el modelo del Cercado brasileño para el desarrollo agroindustrial de la Orinoquia y que tuvieron su antecedente en la producción cañera para  alcohol combustible en el Valle del Cauca y la palmicultura extendida por todo el país. Las grandes plantaciones arrasaron la economía campesina y sólo aseguraron al campesinado el rol de peones.  Fue el modelo Carimagua que el  malrecordado Andrés Felipe Arias intentó sin éxito. 

 

El segundo decenio retomó la lucha por la tierra, en principio bajo la noción de la restitución de sus derechos a los desplazados, con un altísimo costo en vidas de dirigentes reclamantes.  Ahora se  ampliaba  a todos los productores rurales  que reivindicaban su autonomía y que encontró expresión, entre otras, en la figura de la zona de reserva campesina. 

No se desconocía que el agro es una pieza fundamental de la economía colombiana, pero se consideraba que el campo está habitado por ciudadanos y que estos lo son ante todo por el disfrute de todos sus derechos. Fue la terca insistencia de Carlos Ancízar de complementar la clásica consigna de “la tierra pa´l que la trabaja” con una visión más integral de acceso a los derechos sociales, la mirada compleja del rol diverso del  campesinado en cuanto productor  y la consideración de la sociedad rural en igualdad de condiciones con la sociedad urbana.  Una visión que se abrió paso con dificultad porque los dirigentes campesinos se resistían a asumirla.

 

Fue una conquista de las mujeres y los jóvenes. El mundo se coló a los ranchos y a las veredas por los medios masivos de comunicación, en particular por la televisión. Veían  --no era cuestión de fe--  cómo funcionaba el campo en otras latitudes, pero sobre todo a donde llegaba la calidad de vida en las ciudades y las mujeres y los jóvenes no querían menos.  Ahora querían plena electrificación rural, agua potable domiciliaria, acceso a internet,  viviendas confortables.  Querían también continuar vinculados al campo pero también formación profesional e ingresos a la altura de esta capacitación.

 

Pero fueron los hechos los que forzaron un drástico viraje en la orientación de los movimientos agrarios. De una parte, la quiebra definitiva del agro mexicano desató una movilización  que se combinó con una escasez de alimentos en las áreas urbanas en la frontera de la hambruna.  Fue así como en el año 2017, en el centenario de la Constitución, se conformó un amplísimo frente contra el TLCAN que condujo a un cambio radical en el panorama político mexicano y se constituyó en un referente significativo para todos los movimientos campesinos de la región.

 

De otra parte,  la insatisfacción interna con una política agraria que arrinconaba no solo a los campesinos pobres sino también a los empresarios del campo, llevó a la unidad de todos los productores rurales.  En el año 2018,  en el Meta, el Huila y el Tolima, fue reprimida con ferocidad una protesta de los arroceros: no solo fueron masacrados decenas de manifestantes, sino que en un acto sin precedentes, fueron incendiadas las combinadas que los empresarios habían sacado a las carretas para bloquear las vías. La reacción no se hizo esperar.  Los movimientos agrarios decidieron jugarse los restos  y es que para todos los productores agrarios doblaban las campanas.

 

En febrero de 2019, se convocó una huelga nacional agraria, con carácter indefinido, bajo las consignas de “ahora o nunca”, “o todos o ninguno”.  Ahora no solo se exigía la denuncia de los TLC  sino el acceso a la tierra para los campesinos y una política agraria que a través del financiamiento generoso, la asistencia técnica, el mercadeo asegurado y la revitalización de la organización campesina asegurara un vivir-bien estable para la población rural.

 

La huelga duró 23 días, movimiento que en el Cauca, el Valle, Norte de Santander y el Huila tuvo connotaciones casi insurreccionales, con serias posibilidades de que se sumaran a estas manifestaciones el Tolima, el Meta y los departamentos del Eje Cafetero. 

Lo significativo fue que al décimo día de la huelga,  se sumaron las centrales sindicales.  Los estudiantes universitarios realizaron un paro nacional indefinido en solidaridad con las organizaciones agrarias.  Lo más sorprendente: aparecieron por todo el país volantes que invitaban a los soldados a no disparar contra sus iguales estaban firmados por Comités de Soldados Solidarios, CSS. Fueron tres semanas en las que el país estuvo catatónico, absolutamente paralizado .con los signos vitales apenas perceptibles.

 

Más que al gobierno, el movimiento aisló  a los enemigos del campo: los que nunca dieron paso a la reforma agraria, los que vivieron de la especulación con las importaciones,  los que se apropiaron de las mejores tierras.  No era una disquisición teórica, tenían nombre y apellido y estaban en la boca de todos.

 

Todo se definió con la entrada a Bogotá de una gigantesca manifestación, encabezadas por los CSS. Más de dos millones de personas, en absoluto orden, fueron copando los accesos a las dependencias oficiales, a los terminales de transportes, al aeropuerto Eldorado.  El movimiento se autocontroló:  había una  guardia cívica para evitar todo intento de agresión contra alguien, se establecieron ollas comunitarias para que a ningún manifestante le faltara el alimento y como nunca antes,  el movimiento rodeó las cadenas nacionales de radio y televisión, para demandar un cubrimiento objetivo.  La consigna que se propaló fue la de replicar este tipo de manifestación en todas las demás capitales.

 

La pelota estaba en el campo del gobierno. No le quedó sino aceptar completo, el programa de la huelga nacional agraria y negociar el plan para implementarlo y nombrar a los ministros de hacienda, comercio y agricultura propuestos por los huelguistas con el encargo de hacerlo realidad.  Ese día terminaron los TLC de los que Colombia era parte.

 “Ahora ya puedo morir tranquilo —escribió Carlos Salgado, reconocido estudioso de los problemas agrarios— el campo por fin encontró la suerte que merece”.