“Si a la paz… y vamos por más”

Por Diana Granados Soler

Cuando los vientos de la paz se tornaban aún más advenedizos que ahora, muchos y muchas nos sentimos convencidos de empujar la posibilidad de una salida política al conflicto armado con la convicción de que la guerra estaba en un punto cero. Ni el gobierno con el Plan Colombia y el Plan de Consolidación a bordo y la (des-interesada) ayuda norteamericana, ni la guerrilla con sus diversas tácticas y estrategias de reinvención por más de cincuenta años, pudieron ganar la guerra por la vía militar. Entonces, nuestras consignas fueron muy enfáticas: ¡que no se levanten de la mesa!

6 de agosto de 2016

Réplicas

Réplica # 1

Réplica # 2

Réplica # 3

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Para quienes nos consideramos de izquierda-s, la paz no significa una renuncia a las luchas en el campo de lo popular sino más bien la posibilidad de conseguir unas aperturas democráticas para que estas luchas sean, de algún modo, posibles o, al menos, más cercanas. Insistimos que para las comunidades que tenían las balas atravesando los caminos veredales, poniendo en riesgo las escuelas, llevándose vidas civiles, entre otros aspectos, no tenerlas encima abría un camino para avanzar en apuestas organizativas, autónomas y comunitarias.

 

Estaba claro que la paz no implicaba únicamente el reconocimiento de un punto neutro en la dinámica de la guerra por parte de los actores armados, tampoco sería posible sólo con la voluntad política de las guerrillas; sería necesario un acuerdo entre las oligarquías y élites políticas del país. Al fin y al cabo si la guerra se libró con enorme intensidad en el campo y en una relación de causa y efecto sirvió para desplazar y despojar a familias y comunidades enteras de sus tierras e impulsar un modelo latifundista y extractivista, la paz debería al menos “restituir” a muchas de esas familias e impulsar una reforma agraria con un claro propósito de “redistribución”. En la misma dirección, para las mujeres la paz, entre otras posibilidades, representa un camino para expresar nuestras demandas por una ruptura en el continuum de las violencias y por fortalecer nuestra participación política como mujeres diversas. En fin, un posacuerdo aún sin resolver los puntos neurálgicos del modelo de desarrollo podría generar varias ventajas y oportunidades para el campo popular.

 

Lo que se ha logrado hasta ahora es claramente deseable pero no suficiente. Es decir, el proceso despegó pero el alcance de una paz completa está aún en camino porque la terminación de la guerra no implica proporcionalmente la solución a la conflictividad social. No se trata de cuestionar la negociación de La Habana por incompleta, se trata de no perder de vista que la paz sigue siendo un campo de disputa entre sectores sociales o, mejor dicho, entre clases. Sin embargo, esta disputa no implicaba para las organizaciones sociales y populares marginarnos de la discusión y de la negociación. Todo lo contrario, puesto el escenario de negociación y con la previa claridad que parar la guerra también es beneficioso para la acumulación de capital, resulta(ba) clave desatar un movimiento amplio a favor de la paz para desde allí disputar cambios y transformaciones en dirección a modificar la co-relación de fuerzas entre las élites y los procesos y proyectos políticos de corte autonómico, anticapitalista y antipatriarcal.

 

Sin embargo los cálculos parecen haber fallado porque a pesar de los intentos de articular expresiones sociales o plataformas de organizaciones entorno al proceso de paz la consolidación de un movimiento social por la paz de amplia transcendencia para el momento histórico (poner fin a 60 años de guerra) no logró fortalecerse lo suficiente. En particular porque el sentido de la paz como una oportunidad política no fue acogido o quizá no resultó creíble para el grueso de ese movimiento y en particular para los sectores sociales que tienen mayor capacidad de movilización.  Medidas económicas que refuerzan el modelo extractivista, la persecución y asesinato de líderes y lideresas sociales así como las visibles dudas sobre el desmonte del paramilitarismo ahondaron las preocupaciones por los resultados del proceso y los alcances de los pactos entre las élites.

 

El gobierno decidió y reiteró que el modelo de desarrollo no estaba en discusión. No se trata solo de un capricho o de una suerte de in-coherencia con los intereses que representa. Simplemente los acuerdos entre los sectores de las élites no alcanzan para medidas o “reformas” económicas en detrimento de sus lógicas de acumulación. A pesar de todos los “gestos” de paz del gobierno ha resultado absolutamente diciente que bajo el segundo mandato de Santos no se hayan constituido decididamente Zonas de Reserva Campesina, una de las demandas claves de un sector del campesinado y reivindicadas en la Mesa de La Habana, en cambio sí se avanzó con una ley tan lesiva para el campesinado como las ZIDRES. Obviamente, estas medidas alimentan las preocupaciones sobre el proceso.

 

La paz sigue siendo incompleta no solo porque los diálogos con el ELN están detenidos sino porque los cambios de fondo, que nunca pensamos lograr solamente con un proceso de negociación de paz, siguen siendo una necesidad y una razón más de construcción de movimiento social y popular. En estas condiciones, desaprovechar algunas grietas que, traducidas en políticas, podrían beneficiar a diversas comunidades rurales y abrir posibilidades para repensar las lógicas autoritarias y militaristas que nos han gobernado por varias décadas, representaría una enorme pérdida de oportunidad para los movimientos sociales y populares. No obstante, creer que lo logrado satisface completamente las demandas sociales y populares resulta una enorme equivocación pero creer que los acuerdos no significan nada como posibilidad política para el movimiento social, me atrevería a decir, es otro gran desacierto.

 

A propósito del plebiscito. Ganamos más con el “sí” al plebiscito que con la abstención o el “no” como respuesta, sí y solo si entendemos que la disputa continúa y que implementar los acuerdos será una prueba de fuego para evidenciar los compromisos y alcances reales de la negociación al interior de las élites políticas y económicas. El sí tendrá más contundencia si: a) la sociedad continúa exigiendo el reinicio de los diálogos entre el ELN y el gobierno nacional, como una posibilidad de habilitar mecanismos para impulsar una participación social más decisiva y, de esta manera, contribuir con una paz más estable, b) el movimiento social por la paz es más aglutinante, amplio y dialogante para presionar a partir de las negociaciones cambios y medidas sobre todo en el ordenamiento territorial y el reconocimiento de procesos autonómicos, organizativos y antipatriarcales, c) en vez de ver la paz como una “bonanza” económica en clave de “proyectos” la vemos como una grieta para avanzar en una democracia menos aparente y más radical. Por eso, me quedó con el Sí a la paz pero…Vamos por más!