¿Somos tan godos como afirma Camilo Castellanos? (Primer empujón)

29 de marzo de 2016

Por Juan Houghton

  • Conociendo el optimismo sempiterno de Camilo Castellanos, no puedo sino pensar que nos está provocando con su pregunta sobre el conservadurismo criollo; presumo que en el fondo tiene la ilusión de que aparezcan decenas de críticas afirmando que en realidad somos muy revolucionarios o muy progresistas o por lo menos muy liberales. Pero me temo que se equivoca en el diagnóstico explícito (somos godos) y en la ilusión subterránea (a pesar de todo hay fuerzas transformadoras), no porque sean afirmaciones falsas sino porque son tímidas.

 

  • La pregunta específica de Camilo es por qué somos refractarios al cambio, así, en general, aunque es casi obvio suponer que se refiere al cambio en referencia a un status quo que se presume inicuo. Pero me temo que a pesar de esta salvedad, el conjunto de las hipótesis queda preso de este posible supuesto general: el cambio en general sería virtuoso, o por lo menos deseable; así se concluye al revisar las hipótesis, que en realidad no explicarían solo la resistencia al cambio revolucionario sino a cualquier cambio social. Me parece que en ese supuesto está la clave de su error, pero también una posible clave para resolver el desafío que nos presenta.

 

  • Digo que es una clave de su error, porque efectivamente no todo cambio es loable, y en tal caso no habría reproche a que las sociedades o parte de éstas se opusieran a cambios indeseables. No resulta fácil hoy cuestionar, por ejemplo, el rechazo de los indígenas del siglo XIX a las leyes republicanas de estirpe liberal que individualizaban la propiedad a nombre del progreso; y menos el rechazo popular a las sucesivas reformas económicas ultraliberales que al tiempo que reventaban la hacienda destruían estructuras sociales solidarias. Perry Anderson, en una crítica al afamado texto de Berman Todo lo sólido se desvanece en el aire, sugiere que el socialismo-comunismo no será una profundización de los cambios de la modernidad, sino por el contrario un freno a la máquina capitalista del cambio; afirma que en realidad la autoconstitución del sujeto comunista permite detener la deriva capitalista de un proceso sin sujeto humano, deriva donde la acumulación de valor sustituye el sentido humano de la existencia. Así, pues, la revolución no sería un proceso de cambio permanente e inacabable, sino más bien un momento de quiebre de la espiral de la valorización del capital, que se presenta a los ojos de la sociedad como un cambio revolucionario permanente. Coincido con Anderson. Y agregaría que no es que el cambio cese con la revolución socialista-comunista, sino que el cambio ya no sería el eje de la expansión de lo humano –como acontece en el capitalismo de forma negativa, en palabras de Marx- sino que la humanización podría discurrir por otros ejes.

 

  • Pero digo también que el supuesto del cambio como virtuoso, que enarbolaría Camilo, es también una posible clave para resolver el entuerto. Mi consideración es que el capitalismo vendió exitosamente dos ideas contiguas: el cambio es bueno y el cambio es inherente al capitalismo. Me temo que la ebullición del mercado, las modas, el consumo fugaz, la obsolescencia programada, la futilidad de las teorías, las tecnologías pasajeras, la rapidez de los noticieros, la mínima extensión de los mensajes para garantizar que venga otro a reemplazarlo, la simultaneidad opresiva de las noticias, son el triunfo ideológico y filosófico del capital. Y en Colombia no es menor la adhesión casi angustiosa de las comunidades a lo que esa ideología implica: que el sujeto es el cambio mismo. Una vez establecido ese axioma, la dinámica efervescente del capitalismo se entroniza como la forma del cambio por excelencia. El capitalismo es el cambio, diría una voz en off del capital personificado; al fin y al cabo Cambio Radical es el nombre de un partido reaccionario que agrupa a lo más egregio de la oligarquía criolla. En tal contexto, nuestras ofertas de cambio emancipatorio o revolucionario, o por lo menos progresista, aparece a los ojos de la sociedad urbana como una oferta pobre en transformaciones, incluso conservadora.

 

  • ¿Cómo se da ese trastrueque? ¿En qué consiste esta superposición? ¿Por qué una idea tan antigua y desastrosa como la acumulación privada de beneficios aparece siempre remozada y fresca, en tanto que la idea nunca realizada de la emancipación humana aparece como anacrónica o, en el mejor de los casos, vintage? Como se desprende de lo anotado, no se trata tanto de un discurso hegemónico sobre el cambio capitalista, sino de un cambio en la materialidad del capitalismo, que atrapa el conjunto de la acción social. Volvamos a personificar, a pesar de los riesgos de tal lenguaje: el capitalismo se ofrece y arriesga al cambio permanente (salvo los momentos más reaccionarios donde postula el fin de historia) sin correr el riesgo de que el cambio implique su propia destrucción o superación; porque se siente tranquilo ante una acumulación de valor que puede adoptar y remozarse en todas las formas de la naturaleza, incluidas todas las dimensiones humanas. La misma voz en off capitalista diría: la valorización es perenne, el mundo es efímero.

 

  • Luego, al revés de lo que propone Camilo, en realidad las sociedades están presas del síndrome del cambio. Solo que estamos ante lo que Marcuse llamaría una desublimación represiva, o una espiral de cambios conservadores o en una simulación del cambio.

 

  • Sobre la simulación quisiera hablar en una segunda reacción al texto de nuestro querido Camilo. Y en una tercera quisiera abordar el tema de las clases revolucionarias. ¿No existen por sí mismas? ¿No hay sectores de la sociedad que son intrínsecamente transformadores? Pero eso será luego.